Félix Chacaltana Saldívar regresa como fiscal distrital adjunto al pueblo que un día abandonó, Ayacucho. Sabemos de él que es lento y algo ingenuo, que no parece dejar nada atrás en Lima y que le queda por delante el que se antoja el caso más difícil de su carrera. Las fiestas de carnaval alcanzan su tercer día cuando un vecino del pueblo descubre un cadáver quermado y mutilado con una saña salvaje y obscena. A la vista del estdo del muerto, Chacaltana sospecha en un primer momento del grupo terrorista Sendero Luminoso, presuntamente extinguido, pero la hipótesis no caerá nada bien entre el decrépito estamento militar y Chacaltana deberá adoptar otra vía de investigación. Mientras traba amistad con la joven de un restaurante local, el fiscal tendrá que hacer frente a un segundo cadáver. Y a un tercero. Y hasta a un cuarto: todos aquellos que han tenido alguna relación con la investigación de Chacaltana irán muriendo en circunstancias desagradables. En el universo ordenado en el que el fiscal había vivido hasta el momento, la sordidez de esas muertes penetra como un olor desagradable e incisivo que hará tambalearse los cimientos sobre los que el orden parecía descansar. Porque cuando la línea entre el bien y el mal empieza a desdibujarse y a perder sus contornos ¿queda entonces algo a loq ue agarrarse?